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Mayo 05, 2005
Mi primer trabajo
Aún recuerdo cuando fui a trabajar a aquel pueblo perdido entre los montes. Yo había obtenido mi título de medicina el mes de junio y, en agosto, surgió mi primer trabajo. Se trataba de sustituir en sus funciones al médico titular de aquella localidad de la que tantas cosas tengo guardadas para el resto de mis días.
El autobús de línea bordeaba aquellos cerros dorados por el pasto y el aire tórrido del verano mientras yo sentía como me embargaba una mezcla de sopor y nerviosismo. Me iba a enfrentar a mis primeros pacientes, tenía que pasar entre aquellas casas ya visibles a lo lejos un mes completo, sin poderme mover del lugar (en aquella época el servicio era continuado). Cunas (ese era el nombre del pueblo) apenas sí llegaba al millar de habitantes. La noche de mi llegada mantuve una entrevista con el alcalde quién me mostró el consultorio y me acompañó e intercedió por mí en todo lo referente al hospedaje. De esa forma terminé en aquella casa, que, sin ser posada de forma establecida, había pertenecido a una señora la cual daba hospedaje a médicos, veterinarios, músicos de fiestas, y todo tipo de transeúntes y trabajadores temporales que tuviesen que pernoctar por alguna circunstancia. La propietaria había fallecido en el último año y la casa pertenecía a su hijo, el cual se dedicaba al comercio y la representación de comestibles por lo que pasaba la práctica totalidad del tiempo fuera del pueblo, dejando las labores de la casa a Luisa, su joven esposa y madre de una criatura de poco menos de un año. Cada día, terminaba la consulta tarde, siempre después de las dos del mediodía. Luisa tenía la deferencia de esperarme para almorzar juntos. Procedente de un patio con abundantes flores, a través de una cortina la luz implacable de agosto penetraba en visillos a aquella estancia impregnada por el frescor y la textura que el aire adquiere en las casas antiguas. La joven dueña era una mujer afable, servicial, educada y bastante sensual. Tenía los ojos grandes, realzados por un tenue contorno de lápiz. Sus iris eran de color miel y parecían que te iban a tragar cuando te miraban fijamente. Para estar en casa recogía sus cabellos teñidos de un rubio ya suplantado por vetas de su oscuro color natural en un moño que coronaba graciosamente el vértex de su cabeza, y que junto con el resto de sus rasgos y sus ademanes la dotaba de una vistosidad especial. Vestía un vestido blanco de lino, extremadamente delicado y transparente que permitía al contraluz de la puerta del jardín adivinar la suavidad del contorno de sus muslos, su cintura y cuando se ponía de perfil, también sus pechitos. Como era consciente de lo que mostraba al trasluz, solía levantarse de la mesa con frecuencia e ir a la cocina pasando por delante de aquellos haces de luz, dándose perfecta cuenta que atraía mi mirada como un imán en cada uno de sus pasos. A la hora de la cena, ya con su marido presente, solía cuidar mucho más su atuendo y esos ademanes que transportaban la imaginación de cualquiera a delirios furtivos y exquisitos. Cada día, con el sopor del almuerzo a cuestas, me retiraba a mi dormitorio y me gustaba fantasear con aquella mujer acariciando mi pene poquito a poco hasta que daba espasmos con mi pelvis y mi semen afloraba a presión para quedarme dormido después con el gusto apacible de haber tenido un orgasmo a su salud.
Cierto día el trabajo de la mañana fue agotador, cuando llegué a la casa Luisa había almorzado ya, teniendo en cuenta que era las cuatro de la tarde. Un calor abrasador se descolgaba del cielo agosteño mientras en la penumbra de aquella sala Luisa platicaba conmigo recostada en un aparador. Se mantuvo de pie, con sus piernas cruzadas y apoyada en el mueble cuya arista se hundía en su culo y resaltaba por arriba sus exquisitas nalgas. Vestía una bata muy fina y escasa que abrochaba por delante y dejaba ver su piel entre un botón y otro, porque ella se las ingeniaba para arquear su cuerpo y que resultase la tela ajustada; a nivel de la cintura, entre dos botones vislumbré el triángulo blanco de su braguita, oscurecido tal vez por la mata de pelos que albergaba entre sus piernas; Ella era una pura sonrisa mientras hablaba. Yo me estaba parando de verdad, no podía dejar de pensar en lo riquísimo que sería hacerlo con ella, Luisa se daba perfecta cuenta y adoptaba posturas cada vez más insinuantes, más provocativas. Decidió sentarse y al hacerlo cruzó las piernas de manera que dejaba ver toda la cara posterior de su muslo derecho, terso, con una sutilísima irregularidad de su piel por la celulitis incipiente que más que afearla la hacía aún más apetecible. A mí me caían gotas de sudor por la frente, mientras mi paquete se abultaba de forma tan brutal que tenía serias dificultades para disimularlo. Notando mi nerviosismo, hizo un movimiento con las piernas disimulando adoptar una postura natural pero el resultado fue darme a ver otra parte de la piel de sus muslos que antes estaba oculta. Yo estaba deseando de terminar mi comida ante la idea de masturbarme antes de dormir la siesta. La seguí por pasillos que desconocía, iba delante de mí moviendo su culito con una gracia y sensualidad apasionante. Yo creo que estaba asegurando al máximo la probabilidad de que me lanzara, de que le metiera mano, estaba haciendo todos los méritos a su alcance habidos y por haber, me estaba condicionando con toda su conducta a ser el único culpable si la cosa no salía bien.
Subió la escalera delante de mí, y mis ojos se clavaron en sus corvas y lo que se podía ver por encima de ellas. Un calor se me subía a la cara de pensar la enorme decisión que debía tomar sólo unos minutos después: lanzarme o no lanzarme. Por supuesto un rechazo podía traer consecuencias graves para mí en aquellas circunstancias de mi vida, pero pensar el gusto que debía dar tener la verga entre aquellas piernas me hacía olvidarme de todas las contrariedades posibles. Salió de su habitación con el pequeño dormido en brazos y después de acostarlo en otra cama me hizo pasar. Se desabrochaba el vestido comenzando por el botón inferior y rápidamente éste se descolgó de su cuerpo. No llevaba sujetador, sus pechos me parecieron una aparición, grandes, enhiestos, con sus bodes perfectamente curvados y simétricos y sus pezones rosados, centrados en una areola no demasiado amplia, dóciles, tiernos, susceptibles de ser lamidos, mordidos hasta la saciedad. Su braguita era finísima, apenas sí dejaba un triángulo por delante y detrás por el lado del cual salían algunos vellos cortitos y caracoleados. Traté de palpar de forma profunda y superficial todo su abdomen, le interrogué si tenía molestias en las mamas y aproveché para palparlas también, rozando intencionadamente como quién no quiere hacerlo el índice por sus pezones para sacárselos y sentirlos duritos. Mi polla estaba a punto de estallar.
Ella puso su dedo índice en mi boca y me insinuó que me callase mientras desabrochaba poco a poco mi camisa y hundía su barbilla en mi pecho buscando con sus labios mis pezones. Empezó a succionármelos mientras su mano, que descansaba en mi rodilla ascendía lentamente por mi muslo hasta mi bragueta. Facilité lo que intentaba y mi polla salió como liberada de una opresión. Comenzó a masajearla deslizando la piel atrás y a delante y yo sentía algo riquísimo que me llegaba de mis genitales a mi cerebro, pero mi obsesión en aquel momento era degustar su cuerpo, lamerlo, morderlo, succionarlo todo, así que inmovilicé su muñeca que había iniciado una masturbación deliciosa sobre mi polla, le saqué sus braguitas y me bajé a su pubis, recortadito, perfectamente triangular hurgué con mis dedos entre sus vellos hasta tocar su rajita rosada, húmeda y caliente, bajé mis labios hasta allí y comencé con una suave presión de ellos contra aquella delicia. Una vez que tenía mis labios empapado de aquel jugo mi lengua salió entre ellos buscando avanzar hasta aquel huequito derretido de excitación y tras traerme con una suave presión sus pliegues carnosos y devorarlos con todo el inimaginable juego de tactos que se puede llevar a cabo entre dos mucosas, mi lengua entró en su coño. La sentí rodeada de la presión de sus paredes y me costaba mantenerla erguida, fuera, noté su clítoris tenso en la punta de mi nariz. Como me costaba mantener un movimiento de mi lengua dentro de una cavidad que tendía a cerrarse sobre ella, me limité a sostenerla fuera con una tensión que me nacía del mismo cuello y a empujar y sacar mi cara de aquel tesoro, de forma que literalmente la estaba follando con la lengua. Fui testigo de las sacudidas que daba su pelvis. Inundaba mi boca un jugo ligeramente ácido que le chorreaba a ambos lados de mi lengua, la cual estaba literalmente tragada por su coño. Cuando ya no pude soportar más aquella tensión que invadía toda mi boca esperé un momento de relajación de Luisa - porque así entendía que había tenido un orgasmo- para retirar mi cara de sus riquísimos y mullidos muslos.
Escrito por: Miguel | Mayo 5, 2005 11:02 AM